Pablo Milanés y mis lágrimas
Hoy estuve de un humor de perros. Cometí un error doméstico, incineré unos huesillos, llené el departamento de humo, uff. Para relajarme, puse a mi cantautor favorito, Pablo Milanés, sí, ese de la trova cubana que hoy en nuestro emprendedor Chile suena como palabras e inspiraciones retrógradas.
Y... sorpresa... se me salieron las lágrimas. ¿Por qué, Mario, por qué? ¿Porque lloras macho recio?
Me bastaron pocos minutos de introspección para comprenderlo. No era solo el monumental valor de Pablo, valor artístico, musical, emotivo, estadios llenos en toda América Latina con pañuelos al viento. Eso siempre ha sido así y aunque me emocionaba, no me arrancaba lágrimas.
Lloré por otra cosa, por recordar mi época veinte y treintañera, aquella en que fui parte de una generación que soñaba con revolucionarios cambios, con la reparación de tantísima injusticia, en que todos nos sentíamos parte de una gran familia.
El otro día escuche a Marco Rubio, ese preclaro procónsul del imperio, dar un discurso en que explicaba como el socialismo era una doctrina impulsada por el odio y el rencor. No señor Rubio, permítame que se lo aclare, no había odio ni rencor, había esperanza en nuestros congéneres y en la raza humana, había dolor al ver tanta injusticia. Sr. Rubio: lo suyo es odio. Lo suyo es indiferencia. No le compro nada.
Recuerdo como hoy el día exacto en que abracé una desdibujada e incipiente convicción revolucionaria. Fui a un cine a los dieciocho años, justo sesenta años atrás, a ver una película chilena, en que una tras otra se mostraban escenas desgarradoras de la pobreza y los pobres del país. Salí llorando del cine y ahí partió todo.
No cabe duda que estábamos muy equivocados estudiando los escritos de Marx, Engels y Lenin. Fuimos una generación presa de un delirio colectivo. La muerte de Allende, la caída del muro y el exilio se encargaron de hacernos ver nuestro error. Error conceptual, error táctico y estratégico. Error redondito.
Me tomó cerca de veinte años consolidar mis nuevas creencias social democráticas, en un capitalismo más humano que el que hoy nos aqueja y cae como lápida encima; uno más preocupado por sus congéneres que el que tenemos en nuestra patria, ese en que cada uno se rasca con sus propias uñas y si te fue mal, o naciste en la cuna equivocada, sería todo compadre, todo. Húndete en tus deudas, sufre por tu futuro, tu vejez y tus hijos. Acepta la sacrosanta teoría del chorreo que se nos promete mercurialmente pero que nunca termina por llegar. Nunca.
Por eso lloré, Milanés, por tu culpa lloré, porque me hiciste recordar la pérdida de mis ilusiones juveniles, las que tu encarnabas tan bien en tus hermosas canciones. Lloré porque me refregaste la desesperanza que me corroe.
Ahora me toca refugiarme en la aceptación sana, en no aferrarme de manera enfermiza al deseo de un mundo mejor y más justo... y a seguir escribiendo sobre mis esperanzas mientras pueda, aunque más no sea como divertimento.
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